POETA Y ARGONAUTA

Tengo en mi corazón encerrado un Grillo.
Tengo en mi alma las arpas del viento.
Tengo en mi sangre cobre encendido.
Tengo en mi memoria horizontes y sueños.

miércoles, septiembre 26

ALTAVOZ


Es el duro eco que cincela sin luz el viento,
y la fina nota que quema con sangre el rocío,
hiere su costado y frente en la cumbre sola,
profunda comunión entre astro y silencio.

Es la rosa que siente el dolor de sus espinas
frágil luna que se deshiela para madrugar,
el solemne árbol que enluta en cobre su ramaje,
hacen arder profunda su fogata mineral.

Un quebrado relámpago en el fagot del tiempo.
Lo que va oculto en las hojas que no volverán.
Algo, un no sé qué que en ella siempre se desnuda,
que gime, que respira y escribe con el mar.

Allí la siento desenrollarse como un río,
su pecado que no solo del pelo debe arrastrar,
abrir alas de angustia en el azul interregno,
la escucho en las estrellas sin vida hojarasquear.

La presiento sollozar en secreto en una flor,
en la cruz de un ancla oxidada de luz y de sal,
la veo sufrir bajo el peso del alba con lluvia,
y en el vientre de la tierra invencible, temblar.

Corre por los caminos azules de mis carnes,
por el blanco salitre de mis huesos de Yal,
en el profundo puñal de mis ojos mineros
y en el yunque brusco de mi voz mineral.

A veces angustia, abruma, a veces me calla,
a veces me hiere con su frío y largo puñal,
lo siento en el peso de mis pies y en el miedo,
y hasta en el simple hecho de soñar y soñar.

La noche astral que me acoge en su frío silencio
me cubre las heridas que me visten y queman,
y de pronto se muestra con su santo sudario
con su cruz en el hombro me mira y me niega.

Estigmadas en sus carnales astros me llama,
dejando encendida su alta corona de espinas,
y se aleja alba abajo, con todas, todas las hojas
que siempre se marchan en procesión amarilla.

ASTRALANTE


La noche me está hablando de ti.
Del perfume de tu cuerpo en mis duras manos,
del calor de tu piel en el tacto de mis dedos,
del espacio que ocupó tu vida en mis brazos,
tus ojos hermosos en mi mirada lejana,
y del sabor de tu boca poseyendo mi anhelo.

Diaguita Desnuda,
cuando un día marcado con lancinante tinta
me dejaste de amar por razones de luna y viento,
en el salar de mis versos sepulté tu nombre
para que baje a beber este corazón en abandono.

Perfume del Guayacán,
Desde el día marcado con obscuro cuchillo y veneno
que dejé de amarte por simples razones de grillo,
soy el más triste, el más solitario,
el más obscuro, el más fragmentado,
y en el alba terrible del que yace solo
cavé mi silencio como si fuera una tumba.

Mujer de mis pesares y alegrías,
quisiera decir en esta hora astralante
que el perfume de tu vida en mi silencio
me hace más viva tu ausencia,
y estoy llorando,
por mil razones y ninguna.

jueves, septiembre 20

RUEGO II


Esta pena amarga que en el corazón se abre
que por un pasado que dado por olvidado,
como si fuera una maldición de luna siempre
sea al banquillo del oprobio regresado.

No creo en la justicia corruptible de los hombres.
No creo en el juicio que venga de lo humano.
Creo en la justicia sólo de Dios que es perfecta.
Creo en el perdón que sale de su mano.

Ayer pude haberme cobrado una venganza,
mas mi mano con el puñal en alto se detuvo,
escuche tu voz, Dios mío, en lo profundo de mi alma
y no tiré la piedra como ayer nadie pudo.

Hoy, sin embargo, humillado bajo la cerviz
cuando por razones hipócritas que no entiendo,
por aquello que ayer viví soy abofeteado
y no vacilan en tirar la piedra primero.

Por eso a tus pies caigo herido y desolado,
escóndeme Cristo Mío en lo abierto de tus llagas,
cúbreme con tu manto santo que llorar yo quiero
como un hijo que vuelve arrepentido a su casa.

RUEGO I


No sé si tendrás tiempo de atender esta súplica
que a ti sube entre el silencio y las sombras,
de los árboles lejanos que enhiesto se duermen
con su reino verde de crucifijos y hojas.

Tú, que por ser Dios todo lo puedes ver y saber,
puedes aplacar lo que en mi corazón quema,
este dolor que me consume con sus llamas,
esta angustia que me ahoga y me atormenta.

A la orilla poniente del angosto silencio
mi alma que te grita como si fuera Bartimeo,
como Lázaro dejado en el fondo del sepulcro
espero tu voz que me ordene y yo obedezco.

Tal vez como el centurión romano te rogara
bastará que Tú lo digas para que así sea,
arrepentido en la voz de Dimas te clamo
como sí estuviera clavado a tu derecha.

SEMBRANDO


Latido que de los astros baja tiritante
por el silencio de Cristo en su costado abierto,
sobre las rosas de las sombras espinas sangre
y abra un surco abisal de azul aquí en mi pecho.

Si pudiera entrar mi mano argonauta y poeta
en la tormenta terrible de las nebulosas,
arrancaría un puñado intocado de estrellas
y verterlas desnudas sobre la Amada Alondra.

Y en su vientre lombardo despertara la voz
que es un solo trueno iracundo que abre las venas,
como en el primer día del universo, Dios,
separara en silencio de pronto agua y tierra.

No siendo mi voz ni la suya el propio relámpago
que partiera con un golpe certero la luna,
derramando en el rocío, como el grillo su canto,
el viento que los árboles con su mano desnuda.