
Es el duro eco que cincela sin luz el viento,
y la fina nota que quema con sangre el rocío,
hiere su costado y frente en la cumbre sola,
profunda comunión entre astro y silencio.
Es la rosa que siente el dolor de sus espinas
frágil luna que se deshiela para madrugar,
el solemne árbol que enluta en cobre su ramaje,
hacen arder profunda su fogata mineral.
Un quebrado relámpago en el fagot del tiempo.
Lo que va oculto en las hojas que no volverán.
Algo, un no sé qué que en ella siempre se desnuda,
que gime, que respira y escribe con el mar.
Allí la siento desenrollarse como un río,
su pecado que no solo del pelo debe arrastrar,
abrir alas de angustia en el azul interregno,
la escucho en las estrellas sin vida hojarasquear.
La presiento sollozar en secreto en una flor,
en la cruz de un ancla oxidada de luz y de sal,
la veo sufrir bajo el peso del alba con lluvia,
y en el vientre de la tierra invencible, temblar.
Corre por los caminos azules de mis carnes,
por el blanco salitre de mis huesos de Yal,
en el profundo puñal de mis ojos mineros
y en el yunque brusco de mi voz mineral.
A veces angustia, abruma, a veces me calla,
a veces me hiere con su frío y largo puñal,
lo siento en el peso de mis pies y en el miedo,
y hasta en el simple hecho de soñar y soñar.
La noche astral que me acoge en su frío silencio
me cubre las heridas que me visten y queman,
y de pronto se muestra con su santo sudario
con su cruz en el hombro me mira y me niega.
Estigmadas en sus carnales astros me llama,
dejando encendida su alta corona de espinas,
y se aleja alba abajo, con todas, todas las hojas
que siempre se marchan en procesión amarilla.
y la fina nota que quema con sangre el rocío,
hiere su costado y frente en la cumbre sola,
profunda comunión entre astro y silencio.
Es la rosa que siente el dolor de sus espinas
frágil luna que se deshiela para madrugar,
el solemne árbol que enluta en cobre su ramaje,
hacen arder profunda su fogata mineral.
Un quebrado relámpago en el fagot del tiempo.
Lo que va oculto en las hojas que no volverán.
Algo, un no sé qué que en ella siempre se desnuda,
que gime, que respira y escribe con el mar.
Allí la siento desenrollarse como un río,
su pecado que no solo del pelo debe arrastrar,
abrir alas de angustia en el azul interregno,
la escucho en las estrellas sin vida hojarasquear.
La presiento sollozar en secreto en una flor,
en la cruz de un ancla oxidada de luz y de sal,
la veo sufrir bajo el peso del alba con lluvia,
y en el vientre de la tierra invencible, temblar.
Corre por los caminos azules de mis carnes,
por el blanco salitre de mis huesos de Yal,
en el profundo puñal de mis ojos mineros
y en el yunque brusco de mi voz mineral.
A veces angustia, abruma, a veces me calla,
a veces me hiere con su frío y largo puñal,
lo siento en el peso de mis pies y en el miedo,
y hasta en el simple hecho de soñar y soñar.
La noche astral que me acoge en su frío silencio
me cubre las heridas que me visten y queman,
y de pronto se muestra con su santo sudario
con su cruz en el hombro me mira y me niega.
Estigmadas en sus carnales astros me llama,
dejando encendida su alta corona de espinas,
y se aleja alba abajo, con todas, todas las hojas
que siempre se marchan en procesión amarilla.




